Estrellas[1]
Alberto Llanes
A Felipe siempre le han gustado mucho las donas. Podía comerse hasta siete de un solo tirón. Pero para no engordar y ser parte de las estadísticas de diabetes infantil y sobrepeso que sobrecogen a la sociedad de hoy, Felipe corría y saltaba todo el día, situación que, a pesar de tantas donas que ingería lo mantenía en su peso ideal. A Felipe también le gustaba la palabra estrella.
Y no sólo le gustaba la palabra, sino que le encantaban las estrellas, podía pasar horas y horas observando un cielo estrellado, luminoso, fosforescente, con pequeños huecos por donde se colaba algo de luz, decía. Felipe quería que sus papás le compraran un microscopio para entender un poco más a las estrellas y tenerlas o sentirlas, por lo menos, más cerca, ¿serían destellos, ráfagas de luz, o qué serían?, pensaba Felipe mientras se comía una dona y observaba el cielo con detenimiento.
Soñaba a menudo con las estrellas del firmamento, que la alcazaba y tomaba una con la mano, entonces sentía una fuerza extraña, un poder indescriptible, podía alcanzar una estrella con sólo estirar el brazo. Maravilloso. El haz luminoso, de la estrella en la mano, refulgía y el brillo se transportaba a sus ojos, la miraba entonces era fija y todo se iluminaba, despertaba entonces con la idea de comerse una dona con chispas multicolores y creer que era una estrella, una estrella que podía tener en su boca.
Era tal su afán por las estrellas que le iba al equipo que tenía una de esas en el casco, perfecta, con sus puntas bien marcadas y delineada.
Para no tener caries por comer tal cantidad de donas, Felipe se cepillaba los dientes diez veces en un día; en cinco ocasiones lo hacía con una pasta sabor a chicle menta con chispas de sal y las otras cinco lo hacía con un dentífrico sabor chamoy y ráfaga refulgente de estrella, que dejaba el aliento fresco y la boca súper limpia. Felipe creía que las chispas de colores de las donas le daban la energía y el color que una estrella necesitaba para brillar en la oscuridad del cielo nocturno.
Como un caleidoscopio, Felipe pensaba que su boca, por dentro, refulgía entre destellos tornasolados multicolores, entre azul y buenas noches con explosiones de brisa coral y adornos bronce, dorado y plata. Cierto día tuvo que visitar a un dentista, entonces creyó que el médico de los dientes iba a encontrar un paladar lleno de estrellas o que su paladar era uno de esos estantes en donde se podrían acomodar miles, millones de estas partículas que tanto disfrutaba y admiraba en la noche.
Sobra decir que odiaba los días nublados. Como una pequeña bóveda celeste, Felipe pensó que su garganta estaría repleta de estrellitas uniformes y brillantes todas ellas, de todos los tamaños; y cuando hablaba, Felipe creía ver una lluvia de estrellas salir de su boca como si de la cola de un comenta se tratara. Los colores que imaginaba que salían de su boca eran de un arcoíris y otros tonos que jamás, en su corta vida, había visto.
De seguro es a consecuencia de las chispas de colores de las donas, pensó. El problema de la ingesta de donas no era el sobrepeso que podría tener Felipe, ya hemos visto que se la pasa corriendo y saltando por doquier, quizá tratando de alcanzar una estrella; el problema llegó cuando quiso ver por dentro su propio paladar y cerciorarse, por él mismo, que su paladar fuese una bóveda donde se pudieran almacenar las estrellas.
El médico le dijo entonces que le iba a poner frenos como si fuera un coche o una bicicleta; además de un puente, como si fuera una ciudad o un pueblo. Y si podría tener eso metido en la boca, frenos y puentes, ¿por qué no podría tener un paladar lleno de estrellas?






















