Café y cigarros
Por: Mariana
En las cafeterías hay experiencias con desconocidos que son dignas de vivirlas y si uno no piensa en esto, creo que está completamente errado.
Una tarde de calor, decidí ir por un espresso para despertar y leer un poco en la terraza. Al llegar a la tienda tuve una sensación fugaz que alteró mi ánimo para despertarlo. Era ese aroma terroso, húmedo y algo dulce, era café. Hipnotizada por la fiel esencia de este grano, me detuve en la fila para seguir deleitando mis sentidos al estar frente a la vitrina de postres.
Una barista metió dos galletas de chocolate al horno para después ofrecerlas como degustación. Cuando éstas estuvieron calientes, un aire de cacao invadió el ambiente. Observé que los cuadros de chocolate comenzaban a derretirse delicadamente por el resto de las pastas. Mientras la chica las partía en trozos irregulares, escuchaba el delicioso crujir de la masa. Al comer una mi paladar gozó el sabor dulce, mientras mi lengua dominaba cada pedazo pequeño.
-“Es mi galleta favorita. Nunca había visto que alguien se deleitara tanto antes de probarla, ni ver que gozara su sabor como yo”. Me hizo la observación una chica que se había formado a mi lado.
No me había percatado de su presencia por haberme sumergido en el manjar que comía. Volteé con una ligera risa, un poco apenada por mi actitud orgásmica, y al pasar mi lengua por los labios contesté: -“Es un gran placer para mí el contemplar delicias como ésta desde que llego a estos lugares.” Su mirada me ruborizó, no entiendo por qué, así que decidí sonreírle y voltear a la barra para esperar que me atendieran.
Esos ojos cautivaron mi mente. Eran cafés casi ámbar, pero tan profundos que llegaban a oscurecer el tono; su forma era alargada, casi como la de los felinos preparados para cazar a su presa y un lunar en el cristalino derecho los hacía más cautivadores.
-“Hola, ¿qué te gustaría tomar?”, preguntó la barista.
-“Un espresso sencillo.”
-“Aquí tienes. Son dieciocho pesos”. Agradecida tomé el café, pagué y emprendí rápidamente la huida hacia mi lugar favorito en la terraza.
Acerqué un cenicero. Saqué un cigarro junto con el encendedor. Me acomodé en la silla y coloqué el tabaco en mi boca para darle el primer golpe. Hojeé mi libro para encontrar la página en la que me había quedado. Eran poemas de Bukowski.
Aunque el libro me absorbía, no comprendí por qué pensaba en la chica.
Siempre he sentido impulsos por los hombres, he gozado estar al lado de ellos, sentir la mano de uno en la espalda me estremece. ¿Por qué ella entonces?
-“¿Te molesta que me siente?”, me preguntó la misma joven de la fila.
Llevaba una minifalda color negro.
-“No, para nada. Por favor.”
Sacó su cajetilla de cigarros y la colocó en la mesa. Acomodó su bolsa y se recargó en el asiento mientras cruzaba su pierna derecha. Llevaba puestas unas botas de piel color guinda que llegaban hasta sus rodillas. Su tez era clara y al parecer su piel era suave y delicada.
Tomó un cigarro y sus labios lo abrazaron para inhalar el humo.
-“¿A qué te dedicas?”, me preguntó después de soltar una bocanada de esencia letal.
-“Escribo sobre música y tomo fotografías a bandas en algunos conciertos”, dije con aire orgulloso.
-“¡Ájale, fotógrafa también!”, aseveró después de sorber un poco de su café americano, “Yo estudié cine, pero lo tuve que dejar. Por el momento realizo lo que más me atrae, la fotografía.”
Terminé mi espresso y mientras daba los últimos golpes de mi cigarro la cuestioné: “¿Qué es lo que retratas?”
-“Me gusta capturar imágenes de mujeres.”
-“¡Qué bien” Creo que la mujer muestra más que delicadeza en cualquier arte.”
-“Sí, por eso me dedico a tomarles fotografías…”, hizo una pequeña pausa y mirándome con ojos lujuriosos terminó, “…cuando ellas están desnudas.”
Después de mirarme fijamente y cerrar lentamente sus labios, bebió su café volteando hacia los árboles para sentir el viento en su cara.
Pensé en ella. La observé detenidamente: su aire ligero era atractivo, invitaba a divertirse por la vida; la seriedad y firmeza en sus palabras la colocaban como domadora; su porte elegante y natural alteraban mis impulsos. Era muy atractiva.
-“¿Qué piensas sobre el café?”, preguntó después de unos minutos de silencio.
Dejé mi lectura de lado y contesté.
-“Su calor me despierta, no sólo lo digo por el poder que tiene para abrir mis ojos, sino por el continuo transitar en mi cuerpo. Ya sabes, el aroma penetrante que endulza el resto del día; la acidez que aviva mi lengua; el sabor, que aunque es cambiante, permanece con esa humedad que pasa por la garganta y llega al pecho.”
Su atención estaba colocada en mí. Sus piernas seguían cruzadas, sí que eran fuertes y no tan delgadas. Estaba apoyada en ellas con los brazos también cruzados, éstos apretaban sus senos para unirlos y mostrar aquella línea que incitaba a ser acariciada. Tenía un lunar en el seno izquierdo.
-“Tienes unas piernas muy lindas. Tantos lunares me animan a contarlos”, aseguró.
No me había percatado que mientras describía mi amor por el café, mis movimientos alzaron más mi vestido hasta dejarlo cerca del inicio de la nalga. Sonreí tímidamente y volví a cubrir mis extremidades.
Dio un sutil sorbo y continuó:
-“Para mí esta bebida da una caricia interna por todo el cuerpo.
Impulsa a vivir el momento, el estar al pendiente de cualquier movimiento, cualquier roce- su mano pasaba por mi rodilla- cualquier percance.” Alzó levemente mi vestido y bajó su mirada, pero mis brazos bajaron rápidamente para impedir aquella travesura. Soltando una risa prosiguió, “¿Ves como sí sirve y da calor?”
Fumamos dos o tres cigarros más y hablamos sobre los cuerpos femeninos que había retratado Manuel Álvarez Bravo, así como la técnica que usaba David Hamilton para darle un estilo más ingenuo a los cuerpos desnudos o semidesnudos de niñas y jóvenes.
En un momento interrumpió la conversación. Se acercó a mí y colocó su mano en mi muslo, luego me susurró:
-“Me gustas, pero me atrae más tu cuerpo y tus movimientos, son la expresión que busco para permanecer en mis imágenes. Déjame desnudarte y capturar tu esencia con mi lente. Ven a mi departamento el lunes por la mañana. Te haré un café.”
Mis nervios se acumularon, pero sus labios carnosos y su cabellera oscura, alborotada como una preciosa gitana, me dieron pie para decidirme.
-“Claro que iré, dime en dónde te encuentro, pero primero deja voy por un pastel.” Dije al mismo momento que me levantaba.
Me acerqué a la barra. Un chico atendía en ese momento y pudo observar la comunicación que llevaba con la chica. Pedí una rebanada de pay de queso con frambuesa. Sus ojos y tacto fueron cálidos. Agradecida, pagué y regresé a mi lugar, jugando con los dedos y la textura del postre.
Ella se había marchado. Su aroma quedó en el airé. Me senté desanimada, volteando a todos lados para hallar algún rastro. Tomé un respiro y abrí mi libro, ahí encontré una nota que decía:
“Entre sábanas blancas el café tiene un sabor que desnuda las sensaciones escondidas. Trae esos impulsos a la calle de Mérida #17, departamento 8, el lunes a las 8 am.”
No firmó, el misterio alimentó mis nervios. Guardé el papel. Bukowski me acompañó en este viaje de imaginación que duró hasta la mañana del lunes.





















