TAREA PUBLICA
Por: Carlos OROZCO GALEANA
Se bajó el telón de los juegos olímpicos de Tokio, celebrados sin público por la pandemia. Los resultados son conocidos: nuevamente, las potencias económicas – deportivas se salieron con la suya y arrasaron en la competencia. Se constató que en Estados Unidos, China, Japón, Reino Unido, Italia y Australia y algunos países más los gobiernos apoyan a sus deportistas y los convierten en atletas muy difíciles de superar por los de otras naciones.
Sin embargo, hay quienes califican como victoriosa la participación de nuestros atletas y hacen notar “los imponderables”. No ganaron más que cuatro medallas de bronce y seis o siete cuartos lugares, efectivamente, pero fueron competitivos, no se rindieron, en cada prueba dejaron toda su energía, fueron gladiadores. Sabían que competían contra los mejores en el mundo, contra deportistas que son apuntalados desde niños para el alto rendimiento, lo que no ocurrió con la mayoría de ellos.
En México, los deportistas de élite tienen que costearse sus entrenamientos y gastos que le son inherentes a sus disciplinas, mientras la burocracia dorada de cuanto organismo promotor del deporte hay, tiene asignados sueldos altos y presupuestos que no se dedican al desarrollo de sus aptitudes. Si no me creen, pregúntenle a Ana Guevara, para quien ese fracaso es normal.
En el deporte nacional, hay una burocracia gorda e insaciable donde no faltan los insensibles que ponen por delante funciones administrativas y el turismo deportivo sobre las realmente significativas. Y no son infrecuentes, por lo demás, acusaciones de corrupción contra quienes lo dirigen ya que jamás son aclaradas y menos investigadas. En lo que va del sexenio, Ana Gabriela Guevara ha sido señalada como una funcionaria que actúa sin claridad y con un comportamiento en general que origina dudas sobre su desempeño. El fracaso olímpico no es sino consecuencia de su mala dirección deportiva. También, son constantes las denuncias sobre abusos que cometen contra los deportistas entrenadores sin escrúpulos, conductas criminales que se prolongan en el tiempo y que en su mayoría no se traducen en castigos ejemplares. Esa es la situación real en la que transcurre la organización del deporte en nuestro país, exhibido una vez más como una nación fracasada en lo deportivo, que falla en la formación de atletas, que no estructura los servicios formativos.
Las diferencias son notorias en cuanto a la preparación de los atletas. Por ejemplo, en la competencia de clavados observé la presencia de entrenadores de origen asiático dado que China es potencia inamovible en esa disciplina. En ese país, por si no lo sabe el lector, los clavadistas antes de serlo son gimnastas, nadie les gana en hacer piruetas perfectas en el aire, son invencibles. Presencié pequeñitas de 14 años haciendo clavados formidables. México solo obtuvo dos terceros lugares en clavados. En otro tipo de “clavados”, seguro nadie nos derrota.
En fin, toca hacer un balance de lo ocurrido. Ubicar a responsables del fracaso y hacerles ver que ya no pueden continuar en sus cargos por esos resultados decepcionantes. Que no tiemble la mano de quien toma decisiones para que se renueve la esperanza de ganar la gloria deportiva en las olimpiadas en un futuro, para que nuestros niños y jóvenes sean atraídos al deporte y se les apoye desde pequeños. Seguro que hay cientos o miles de talentos que pueden adquirir alto nivel competitivo si los entrenadores los conducen con sabiduría y perseverancia.
Requerimos una dirigencia del deporte conocedora, inteligente, intuitiva, trabajadora y honesta, que de a cada atleta el trato que merece; no puede haber preferencias personales, ni desprecio por equis disciplina ni desvío de recursos, ni tolerarse los abusos sexuales contra jovencitos y jovencitas indefensos.
Todos los mexicanos con cualidades deben ser impulsados para que progresen en el deporte y aporten los éxitos que corresponden a una vida sólida, de esfuerzo y dedicación. Yo felicito a todos los atletas porque pusieron en alto el nombre de México, a pesar de no haber obtenido lo que se proponían. No ganaron el oro en las pistas, en las canchas, pero si se ganaron nuestro corazón.