Se está apagando la generación que luchó contra todo y nos hizo fuertes

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Cada día, lentamente y en silencio, se apaga una generación que moldeó con callos y carácter la historia cotidiana de nuestro mundo.

Se van los hombres y mujeres que construyeron hogares sin tutoriales en Internet, ni títulos universitarios, que nos criaron como hijos en medio de carencias, pero con una firmeza moral que hoy parece reliquia. Se va poco a poco la generación de hierro.

Ellos crecieron en tiempos donde nada era fácil y, sin embargo, tampoco nada era excusa.

Aprendieron a vivir con lo que había, sin quejarse, sin exigir que el mundo se adaptara a sus emociones. No conocieron la palabra “resiliencia”, pero la practicaron todos los días. Aprendieron a levantarse temprano no por elección, sino porque la vida así lo exigía. No sabían de “salud mental”, pero encontraron en la rutina, en la fe, en la familia, sus propias formas de equilibrio.

Sus manos, ahora temblorosas o inmóviles, cargaron ladrillos, ollas pesadas, herramientas y niños. Sus espaldas sostuvieron más de lo que nunca contaron. Y en sus silencios, a veces duros, otras veces llenos de ternura torpe, nos enseñaron que el amor también puede ser gesto, y no solo palabra.

Nos enseñaron, sin discursos, que el respeto es un valor que se gana en la práctica. Que el hombre que cuida y protege no es menos hombre, y que la mujer que enseña y sostiene no es menos libre. Nos hablaron de amor, pero nos demostraron más aún el deber.

Hoy, mientras el mundo parece girar más rápido y más frágil, se va esa generación que sabía habitar el silencio, que no necesitaba validación en redes, que valoraba más la mesa servida que la foto del plato. Una generación que entendía que el esfuerzo no se premia con aplausos, sino con resultados.

Y no se trata de idealizar el pasado. También hubo errores, machismos, ausencias emocionales, rigideces innecesarias. Pero incluso en sus sombras, dejaron enseñanzas. Porque nos formaron con temple, con carácter. Nos hicieron fuertes. Nos hicieron hombres y mujeres hasta el tope.

Lo que preocupa no es que se vayan, sino que no estemos a la altura de lo que nos dejaron. Que mientras despedimos a la generación de hierro, nos abracemos demasiado a la fragilidad, a la susceptibilidad excesiva, al miedo de vivir con esfuerzo.

No está mal ser sensibles. Lo que está mal es olvidar que fuimos forjados por gigantes de carne y hueso que, con todo en contra, no se rindieron. Que no pidieron nada, pero lo dieron todo.

Que se muere la generación de hierro, sí. Pero que no muera con ella lo que nos enseñaron. Que no se rompa tan fácil su recuerdo como la actual generación de cristal que cada día llora más o hace menos.